Hace mucho tiempo ya que sabíamos que algo no andaba del todo bien con la globalización. Se trata de un diagnóstico enunciado ya por Stigliz en 2003 en su trabajo Globalization and its discontents que fue reeditado en 2018 y 2019 en Colombia bajo el títlo El malestar en la globalización. Revisitado. Allí el premio nobel de economía caracterizó una serie de elementos problemáticos que fueron generados o agudizados como consecuencia de la más reciente ola de globalización vivida en los últimos 30 años y se refirió además a las promesas incumplidas por ésta. En la esfera hispanohablante, por su parte, el mexicano Alfredo Jalife-Rahme ya desde 2007 publicó su trabajo Hacia la desglobalización (https://bit.ly/3b94sLz) cuya sugestiva portada que muestra un globo terráqueo desinflándose deja adivinar el tono y argumento central de la obra. Como si fuera poco, Tony Blair, figura central para la difusión de la última ola de globalización en reciente conferencia pronunciada en la Ditchley Foundation ha anunciado el fin de la primacía de occidente (https://bit.ly/3vj48AC).
A estos elementos teóricos se suman además hechos recientes que confirman la tendencia. Entre otros el pedido unilateral del entonces presidente Donald Trump para renegociar el acuerdo de libre comercio con México y Canada -NAFTA- que dió origen al T-MEC. En aquel entonces el hecho generó sorpresa debido al estilo directo y desobligante de Trump quien blandió el argumento del cobro de aranceles como estrategia de presión (https://bit.ly/3PDCCG5). Sin embargo, medidas unilaterales similares han venido en aumento en el último año. Por una parte, la nacionalización de la empresa de energía por parte del gobierno de Emmanuel Macron en Francia (https://bit.ly/3cLNEe3), la soberanización del litio en México por parte de Andrés Manuel Lopez Obrador -AMLO- y el anuncio de la creación de una empresa estatal para la extracción del litio (https://bit.ly/3zcfTdl). Indonesia, a su vez, el mayor productor mundial de aceite de palma anunció la suspensión de las exportaciones de este producto con lo cual ha agregado un elemento más al incremento del precio internacional de este insumo clave en la industria alimentaria y de productos de belleza (https://bit.ly/3S30Dbp).
Aunque se trata de casos harto disímiles y con especificidades particulares, todas estas medidas comparten algo en común: la priorización por parte de los respectivos gobiernos nacionales de las agendas económicas locales sobre las consecuencias de dichas acciones en los mercados internacionales. En efecto, se trata de una tendencia cada vez más acentuada en la que la opinión y comportamiento de los mercados e inversionistas internacionales ha cedido su lugar frente al temor de los gobiernos por las implicaciones locales derivadas de hipóteticas o reales oleadas de protestas de sus ciudadanos a causa del alto costo de los combustibles, alimentos o elevada inflación. En último término, de lo que se trata es de evitar el caso de Sri Lanka, que se muestra como el peor de los escenarios posibles (https://nyti.ms/3BmuhCk).
Ahora bien, ¿es cierto entonces que ha muerto la globalización? Immanuel Wallerstein, conocido teórico de las ciencias sociales, se ocupó del tema y habló de la existencia de varios procesos de mundialización. Wallerstein prefería el término sistema-mundo, con lo cual se refería en concreto a la creciente integración de regiones geográficas del planeta a los sistemas de comercio internacional, algo parecido a lo que entendemos por globalización. En ese sentido, parece algo prematuro expedir acta de defunción, sin embargo, lo que sí es cierto es que aquella globalización que cocimos durante los últimos 30 años está experimentando serias dificultades debido al cambio de los fundamentos sociales, políticos y económicos que la hicieron posible. Algo diferente se está gestando justo frente a nuestros ojos.
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